El pimentón.

20161108_160137~2~2.jpgBuscando…. Siempre me encuentro “ buscando”. Es mi condición natural la búsqueda de respuestas a preguntas sin cuestión, de sueños de un minuto y medio, de ilusiones que se deshacen en las ganas … es por eso que, buscando ,me pierdo en el laberinto de mi “ sin razón”.
Noviembre me pesa demasiado… Todo me pesa, hasta Yo… envidio la ingravidez de la nube, del vapor del agua cuando bulle en la cazuela, del humo del incienso… y del cigarro… ese que siempre dejo a medias… me pesa este Noviembre saturado de ausencias… me fundo en el recuerdo de momentos tan sanos que , en el presente que me rodea, me hacen sentir “ enferma”, insalubre, sucia, quebrada, purulenta, contaminada de tantos  vaivenes rodados,  en la montaña rusa de la vida…
Recuerdo, aquel momento de mis siete años, de un domingo nublado ( preciso los siete años, porque era el casamiento de mi tía Laly. Casorio de día nublado sin risas, sin nervios, sin ganas , pero con prisa…la opacidad de la obligación, como asunción de responsabilidad,  era el precio establecido  por quedarse preñada sin estar casada, en un pueblo entregado a la lascivia del critiqueo…). Me veo subiendo la cuesta de mi calle, desde el numero diecinueve,  hasta el cinco , desde la casa de mi abuela, hasta la casa de mis abuelos.

Mi abuelo Manuel, el padre de mi padre,  era “ vaquero”. Sin espuelas ni caballo… vaquero de paciencia insondable, de garrote en mano, un celta en la boca , un paquete o dos en el zurrón,  y una piara de vacas gordas y rollizas siguiendo sus pasos , y los sábados y los domingos no me perdía el espectáculo del ordeño, y del poder despachar la leche tibia recién ordeñada , tapada con paño blanco , inmaculado, tan blanco , que azuleaba, sobre la enooooorme perola que contenía la leche para el despacho… pero aquel día, no me dejaron … ni siquiera ir a ver como se alejaba la procesión de las vacas tras mi abuelo , calle abajo, porque ya estaba vestida para el casorio.

– No salgas al corral, a ver las vacas, porque te vas  ensuciar-  Me decía mi abuela, oliéndome el pensamiento. Me hice la remolona, simulando interés por su trajín en la cocina, sin más intención que hacer tiempo para que llegase la primera clienta y así poder despachar la leche, ¡ cómo me gustaba removerla….!, pero tampoco me dejaron…

– No te arrimes a la mesa, que te vas a manchar de leche-  la desilusión dió paso al enfado… un enfado de una niña de siete años . Yo ya sabía que llorar no servía para nada, que no despacharía leche ese día, y que ya no vería a mi abuelo tirar calle abajo con las vacas… Me habían destrozado mi día, porque ni había convite después de la iglesia, ni tampoco aceitunas y banderitas … En mi incomprendida frustración, sentí alivio cuando se encendió la luz verde de la “ venganza” : mi abuela , tras despachar, salió al corral, a echarle el ratito a sus plantas , y yo deposité mi atención, toda,  en el color rojo de la bolsa de pimentón,  que tenía sobre la mesa de la cocina, porque había puesto en la candela un potaje de chícharos , para el almuerzo. Deseé ser ese color rojo y zambullirme en la enorme perola de leche que , ese día, me estaba prohíbida…. Y , como alma que se lleva el diablo, cogí la bolsa de pimentón sin miramientos , sintiendo el corazón en mi garganta, en mis piernas, en mis manos, y ¡ hasta en los pelos…! . La volqué en la leche espumosa recién ordeñada, y, con mi lechera llena, porque mi leche si que me la despaché, salí pies en polvorosa de la casa de mi abuela, corriendo, calle abajo….¡desbocada….! tanto, que, en la puerta de María , ” La Gallega”, dejé de correr para salir volando… Y, volar… No volé… Me dejé el leotardo y parte de las rodillas en el suelo…. la leche llegó hasta la otra punta de la calle, y yo me quedé con la lechera en la mano, de bruces en el dichoso cemento… sucia, y con las rodillas desolladas… Cuando intentaba levantarme, sentí en la nuca la mirada de mi abuela.  Aquella mujer sobria y seria, de pelo gris y blanco, de ropa y medias negras, y de la que en ese momento pensé que no tenía corazón… Llorando , con el cuerpo y el alma encogidos y sobrecogidos, me dejé coger por ella, como si fuese un chivo resignado , sin levantar la vista del suelo  : “ ¡ Se lo voy a decir a tu padre, sinvergüenza…!”. No hubo gesto de cariño, porque mi abuela no entendía de eso…  Me llevó , casi en volandas, casa a dentro, volvió a llenar la lechera, de la última cántara ordeñada, y me despachó calle abajo con mi pena y mi venganza frustrada…. Más encogida aún, pensando en cuando se enterase mi padre, y en el enfado de mi madre al verme sucia, con las rodillas ensangrentadas, poco antes del casorio triste de su prima hermana… Pero no se enfadó mi madre… y de ese día, sólo recuerdo la iglesia demasiado vacía, y que después, llovió.

Hace unos días, se hizo tan presente ese momento, que lo conté durante la comida, como quién cuenta un cuento… todos se sorprendieron. El “ se lo voy a decir a tu padre”, se lo llevó el viento… de aquel día nublado, para traérmelo como recuerdo en un Noviembre que pesa, y se cierne en mi sien como garrote vil implacable e impaciente…

 

Granu.

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Acerca de Granu

En la composición de mi historia, las Parcas no dan " puntá" sin hilo. Nací entre telas, jugué con agujas, alfileres y dedales, diseñando el patrón de cada segundo por venir, para que no hubiese dos iguales. Así, al final, podré reirme de todos los días que cosí, con estilo propio, sin dejar ocasión de intervenir a deidades caprichosas y universos cabrones. Míos son los errores, mío será el milagro.
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2 respuestas a El pimentón.

  1. Yolanda dijo:

    Siempre es un placer leerte

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